Un amor centelleante



Erase que se era.... allá en los primeros tiempos, allá cuando Dios decidió plasmar aquello que venía pensando tenía rato ya. Allá cuando el mundo olía a nuevo, cuando los ríos estaban recién hechecitos, las flores se sentían y veían  bellísimas con sus colores y aromas; cuando los árboles lucían orgullosos sus verdes crestas y poderosas ramas; cuando los primeros animales jugaban entre las colinas y montes como modernos skaters, deslizándose entre sus curvas y realizando piruetas, que Dios creó al hombre.

Imagino la maravilla que sus ojos contemplaron: un mundo reluciente y rechinante de limpio, de nuevo. Un mundo lleno de aventuras diarias, lleno de amigos dóciles y amables.

El hombre jugaba, corría, disfrutaba saltando de rama en rama, comiendo deliciosos frutos, viendo el firmamento, que en ése tiempo, debió ser impactante, pues se veía en un cielo claro, sin smog. Casi casi podía tocar con sus manos las estrellas, las nubes de tan límpido que era el aire. Fué el tiempo en que el hombre nombró a las distintas estrellas, poniéndoles el nombre de sus amigos tal y como hacemos en la actualidad en que buscamos regalar a los que amamos algo que sea significativo.

Puedo imaginar al hombre poner "escorpión" a un grupo de estrellas, en honor a su amiguito que tan diligentemente pasaba a su lado en su diario recorrido en busca de alimento.
Puedo imaginar al hombre poner "acuario" a un grupo de estrellas en honor de la cascada que llenaba muchos de sus momentos con el sonido de su voz.

En fin, puedo imaginar lo ocupado que estaba el hombre poniendo nombre a cada nueva especie que encontraba: " tú te llamarás elefante, porque tienes la trompa en forma de "L" ", gritó la primera vez que vió a un inmenso animal gris; "tú te llamaras lagartija", gritó a otro animal verde que corrió entre las hojas, tratando de pasar inadvertido porque pareces una sortija en un lago.  "Y tú, si tú que te ruborizas cuando te hablo, te llamarás,,, nnnn,,, déjame ver.... te llamarás.... ah, sí... te llamarás ciervo,  porque te pareces a una hierba frágil y delicada"

Parecía un moderno mago sacando nombres de la chistera en vez de conejos o cintas de colores.
Era un trabajo agotador. El hombre corría y corría poniendo nombres, buscando a nuevos amigos a quien bautizar.

Finalmente, llegó un día que había nombrado a todo aquello que se movía, que tenía color, que centelleaba, que brillaba... y se sentó.
Pasó a su lado un animalito café con puntas, que divertido lo retaba a buscarle un nombre. El hombre bostezó y dijo: "erizo". El animalito tratando de continuar el juego, respondió: "si, si... ése es bonito, pero ¿porqué, porqué?"

El hombre pegando otro bostezo, contestó  "porque... porque.. pues no lo sé, porque sí"-
"No, no es justo. Todos los animales, plantas y cosas saben porqué elegiste su nombre, yo también quiero saber"- insistió el erizo.

"porque... porque.. porque fué lo primero que pensé"- contestó irritado el hombre.
"No.. yo quiero saber"- contestó el erizo, comenzando a llorar

Eso irritó más al hombre, que ya estaba aburrido del jueguito. Y haciendo lo que nunca había hecho, trató de patear al animal impertinente que se atrevía a molestarlo tanto.
Se llevó una tremenda sorpresa, su pie se llenó de espinas y dolor.


El erizo espantado, trató de cubrirse del golpe y se enconchó formando una bola con su cuerpo y rodando se alejó lo más que pudo del malhumorado hombre.

Desde ése día, las cosas empezaron a cambiar. El erizo contó llorando a su amigo el ratón que el hombre trató de pegarle. El ratón que no se distinguía por su discreción, regó el chisme con sus amigos la ardilla, el conejo. Y poco a poco toda la creación se enteró de que su antes amable y divertido compañero había querido pegar a uno de ellos.

Eso no se había visto jamás. Los animales se alimentaban, convivían entre ellos sin lastimarse porque había alimento para todos.

El conejo, raudo y veloz se acercó finalmente a Dios, contándole  lo que el hombre había hecho y pidiéndole que hiciera algo para que no volviera a repetirse. Surgió de ésa manera el miedo en el mundo.

Dios apesadumbrado, tomó al hombre, lo durmió y de su costilla sacó a una mujer.

Era hermosa, delicada, amorosa, simpática, divertida. A Dios le gustó su creación.... y al hombre más, cuando la vió al despertar.
Estaba ante el ser más bello que jamás hubiera podido imaginar, se parecía a él, pero al mismo tiempo era distinto.
Era tan delicada, tan sutil, tan increíblemente hermosa que el hombre no podía pensar en otra cosa que no fuera su pareja.

Empezó una nueva etapa. Volvió a sonreir, volvió a ser alegre, a saltar entre las ramas, a conversar con sus amigos, a deslizarse por las laderas y curvas de las colinas y montes....  ahora trataba de complacer a ésa persona que él veía como algo maravilloso.
Todo lo que veía era poco para dárselo a su mujer.

Los animales pronto se dieron cuenta de que el malhumor del hombre, era preferible a ésa nueva emoción que había surgido en él. Ahora el hombre tomaba la mejores bellotas que las ardillas y ratones comían para llevarlo a su amorcito.

Ahora el hombre tomaba las mejores lianas donde los changos se balanceaban, para hacer con ellas, corazones y adornos para su mujer.
El colmo fué cuando el hombre decidió tomar los pelos de un león para hacerle un sombrero a su mujer.
Este rugió y fué ante Dios enojado y tratando de calmar sus rugidos.

Dios apesadumbrado, dijo al león que haría algo para solucionar las cosas.

Dios dijo al hombre que podía tomar de cualquier árbol lo que deseara, menos de uno. Ese árbol era el del conocimiento.

El hombre vió un apetecible fruto en el árbol que Dios le había prohibido comer. Era el fruto más delicioso que jamás había visto, podía imaginar su sabor tan sólo de ver su color. Ningún otro fruto que él hubiera conocido, tenía ése color, ésa textura y suavidad. El podía tocarlo y sentirlo, olerlo... pero no podía comerlo. Era realmente desquiciante.

La serpiente era muy su amiga, con ella se había divertido muchas veces. Así que le pidió le ayudara, pues era además muy inteligente.

Entonces la serpiente ideó algo para que el hombre pudiera comer el fruto prohibido. Cómo no se le ocurrió antes?-pensó el hombre al enterarse del plan.
Era sencillo.

Dios iba cada tarde a conversar con él y con su mujer. La risa y ternura de su mujer le gustaba, seguramente no se atrevería a hacerle nada a tan adorable mujercita- dijo la serpiente.


La mujer por supuesto no deseaba hacer enojar a Dios, ni desobedecerlo. El hombre había insistido varias veces para que comieran el fruto tan anhelado y ella se había negado. Pero la serpiente era astuta y simpática, tenía una bella sonrisa y unos ojos hermosos. Ella se encargaría de convencerla-continuó la serpiente.

Y tal como lo pensaron y acordaron, llevaron a cabo el plan. La mujer estaba muy atareada cuidando sus plantas, acomodando los lirios, las azucenas, regando los tulipanes y claveles. Estaba pensando regalarle a Dios un hermoso arreglo con ellos para la próxima visita que les hiciera.

La serpiente que se había acercado a conversar con ella, le dijo que había un árbol que tenía un frondoso follaje que seguramente haría lucir el arreglo.
Se acercaron al árbol,  platicando. La mujer iba distraída recogiendo flores, hongos y musgo para realizar el regalo para Dios.
Cuando se percató, estaban delante del árbol del fruto prohibido. Ella dijo que no debían tomar nada de él.
No te preocupes-dijo la serpiente. Dios dijo que no comieras, pero no dijo nada de cortar unas hojitas, ¿verdad? Mira... yo corto unas, y no me pasa nada.

Tienes razón-contestó la mujer, que ya imaginaba lo bello que luciría el arreglo con las frondosas ramas del árbol. Cerrando los ojos, tomó una rama, la cortó, esperando caer fulminada... y nada sucedió.

¿Ves como no pasa nada?-dijo la serpiente- Dios dijo éso de que iban a morir si comían del fruto de éste árbol, sólo porque estaba enojado en ése momento, pero El es muy bueno, nunca les haría nada así.

-Eso es cierto. Dios es muy bueno y nos quiere mucho.

-¿Ves? Mira. Dentro de éste fruto hay semillas que al ponerse en la tierra, producen otros frutos como éste, que se verían sensacionales en el arreglo que piensas hacer. A Dios seguramente le encantará.

-¿Tú crees? Si. Es un fruto muy bello. Además no pienso comerlo, sólo usarlo para que luzca mi regalo.

- Eso es muy cierto-contestó la serpiente, contenta al ver que todo salía como había planeado. Realmente soy muy lista!!! pensaba muy ufana.

La mujer cerrando los ojos, cortó el fruto, temiendo en el fondo de su corazón caer fulminada, pero.... nada pasó.

Corrió alegre donde el hombre, a mostrarle el fruto prohibido y diciéndole que nada había pasado al cortarlo, así que lo usaría para hacer el regalo para Dios que deseaba darle, cerrando los ojos para imaginar el arreglo ya formado.
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El hombre, viendo al fin el fruto deseado en sus manos, no dudó en morderlo. Y en ése momento, se dió cuenta de lo que había hecho. La mujer se espantó también al abrir los ojos y ver el fruto mordido.

No habían muerto, tal como dijo la serpiente, pero sentían dentro algo que nunca habían sentido: verguenza. Corrieron a ocultarse cuando escucharon la voz de Dios, que llegaba a visitarlos.
La mujer estaba llorosa y el hombre tembloroso.

Dios tristemente les dijo que como habían dudado de lo que El les había dicho y por ello, no podían permanecer ya a su lado. Debían abandonar el hermoso lugar que El había creado para compartir su dicha con ellos.
A partir de ése momento, el hombre  y la mujer conocerían el sufrimiento... y finalmente la muerte. La serpiente también fué castigada por su mala acción y arrojada junto con ellos.

La serpiente, el hombre y la mujer abandonaron el Paraíso ante los ojos tristes de Dios. Empezaba una nueva era para el ser que había creado y que amaba profundamente.

Con un suspiro, el hombre y la mujer miraron el hermoso lugar que dejaban atrás, con manantiales de fresca agua, con árboles frondoso y generosos, con animales cariñosos y amables para voltear la mirada al lugar al que fueron enviados: seco y con apenas unos matorrales asomando entre la cuarteada tierra, de la cual debían obtener su alimento. Era desolador y aterrador encontrarse en ésa soledad.

Sus manos se cuartearon mientras la tierra iba nutriéndose con su trabajo.  Sus antes lozanos rostros se fueron llenando de arrugas, mientras los árboles crecían como si tomaran de ellos la energía suficiente para crecer.
Sus brazos y piernas se fueron haciendo lentos, mientras ríos de agua nacían entre la tierra, como si tomaran de ellos la alegría para hacerlo.

Un día, su cuerpo arrugado, encorvado y fatigado murió.

Dios estaba esperándolos, los llevó a lo alto y desde ahí pudieron contemplar lo que habían hecho a lo largo de su vida en la tierra nueva a la que habían sido conducidos.
Ríos corrían alegres entre flores de colores y árboles frondosos, cubrían con su sombra a inquietos chiquillos que corrían y jugaban entre ellos. Era hermoso.

Entonces comprendieron el inmenso amor que Dios había puesto en su Creación, nacida de El mismo.Comprendieron el inmenso amor con que Dios los contemplaba viéndolos felices jugando.

Comprendieron el inmenso amor con que Dios los había creado y sus corazones latieron como hermosas estrellas en el firmamento.

Unos enamorados contemplaban extasiados cada noche el centellear de las estrellas en el firmamento, maravillándose de la hermosa luz que veían en la oscuridad.

Esa luz es sólo un reflejo de Dios que pareciera formar como en un caleidoscopio, nuevas figuras y nuevas creaciones en cada centelleo de su Amor.